Los sabios pescan aquí

14 de enero de 2017

La mujer que susurraba reggaeton


Vivian Maier took the photo. 



Esta mujer se acerca a la nevera despacio y sin zapatillas. Canturrea mami mami con tu body este party es un safari, mientras se contonea. Hombros hacia atrás, pecho paloma, cadera giratoria. Hace la ola y queda contagiada por el espíritu de Buena Vista Social Club. Su mente gravita sobre La La Land. Sabe que ayer quedaba un yogur natural en la nevera y otro de melocotón con tropezones del Mercadona. A esta mujer, de redecilla y bisón en las fiestas de guardar, le corroe la curiosidad (¡y el hambre!). Está a punto de comprobar una verdad universal: el oído de un sordo es arbitrario.
*
Y es que, su marido Jorge Luis, durante la cena de Navidad bailó como una sirena sincronizada un reggaeton lento, de esos que no se bailan hace tiempo. Sin embargo, ya pasada la fiesta, volvió a su estado natural de ameba. Esta mujer, previendo la metamorfosis fue capaz de articular una plegaria a tiempo.
-¡El yogur de tropezones es mío! 
Jorge Luis emitió una luz tenue, como de nebulosa planetaria. Luego, cayó en el sillón de terciopelo, con escaso acierto, sumido en un silencio de agujero negro. Como un protagonista de Interstellar, Jorge Luis había recuperado su casco de astronauta. Tras el milagro regueatonero, habitaba un planeta hostil y solitario. 
- El yo-gur del MER-CA-DONA. Sí. Yo-gur. Es mío. Mí-o. Para mañana. Sí, mi amor. MA-ÑA-NA. Yogur. Mío. Melocotón. ME-LO-CO-TÓN.
-¿Eh?
No hubo más respuesta. Esa noche, la mujer no pudo pegar ojo. Imaginaba la crema del yogur brotando lenta, como un desmayo, los crujientes tropezones de melocotón en almibar, la crisálida inicial de yogur frío amoldada al recipiente. No podía esperar más. Durante toda la noche, evocó el momento decisivo. La música de sus huesos al incorporarse, el suave reposo de sus pies sobre la alfombra, el despegue de sus riñones hacia arriba, la ciática y el reuma a dúo en cada paso, el ritmo de su cadera británica. Oh sí, spread your wings and kiss the sky baby. ¡Pero ay, cuando llegara a la cocina! Se quedaría mirando fijamente al frigorífico sin atreverse a descubrir la verdad. Sonaría Happy de Pharrell Williams. Ella clapearía along. Y de pronto, ¡zas! Allí estaría, envuelto en la luz de las estrellas. Aquel yogur sería maná del cielo, cáliz sagrado, trebol de cuatro hojas, pata de conejo, rizo de amante secreto. Lo tomaría entre los brazos como a un antiguo amor. Lo abriría con anhelo -los ojos fijos, la boca rosa. Tardaría apenas dos segundos en hundir la cucharilla en su grasa, abriría la boca y engulliría cucharada tras cucharada, con maldad, con despotismo. Ningún pensamiento cruzaría su mente. El azúcar es capaz de realizar ese milagro.
*
Son las nueve de la mañana del día veinticinco y Jorge Luis es despertado por una tribu de aborígenes transparentes que se concentran, de pronto, en una sola imagen. Pestañea. Es su mujer. Parece nerviosa. Enfadada. Rabiosa. No la oye, pero consigue leer sus labios.
-Te lo comiste, y ¡era mío!

Fragmento inspirado en un comentario de mi abuela el día de Nochebuena: "Hija, ya sólo rezo para que tu abuelo no se coma mis yogures del Mercadona".