24 de septiembre de 2016

Nado kilómetros. Hablando con Galeano (III)





"Yo sé que ella es un color y un sonido. ¡Si pudiera mostrártela! 
Dormía allí, desnuda, abrazándose las piernas. Yo amaba en ella una alegría de animal joven y al mismo tiempo amaba el presentimiento de la descomposición, porque también ella había nacido para deshacerse y me daba lástima que nos pareciésemos en eso. Se le veía en la piel del vientre, que estaba como raspada por un peine de metal. ¡Esa mujer! Algunas noches le salía luz de los ojos y ella no sabía."

(Mujeres - Eduardo Galeano)


16 de septiembre de 2016

Mujeres como abismos. Hablando con Galeano (II)





"Yo me duermo a la orilla de una mujer;
yo me duermo a la orilla de un abismo."



Un libro que lleva un título tan poderoso como el de "Mujeres", no debería ser tan incauto como para caer en la rancia literatura que, desde Eva, nos coloca como la perdición del hombre. 
Querido Galeano, diga usted entonces, 

"Yo me duermo a la orilla de un ser humano
yo me duermo a la orilla de un abismo"

y no perjudicará a nadie.

10 de septiembre de 2016

Echar a una mujer del lecho. Hablando con Galeano (I)




-En tiempos de Pericles, Aspasia fue la mujer más famosa de Atenas. Sus enemigos no le perdonaban que fuera mujer y extranjera, y por agregarle defectos le atribuían un pasado inconfesable y decían que la escuela de retórica, que ella dirigía, era un criadero de jovencitas fáciles. Ellos la acusaron de despreciar a los dioses, ofensa que podía ser pagada con la muerte. Ante un tribunal de mil quinientos hombres, Pericles la defendió. Aspasia fue absuelta, aunque en su discurso de tres horas Pericles olvidó decir que ella no despreciaba a los dioses pero creía que los dioses nos desprecian y arruinan nuestras efímeras felicidades humaas. Por entonces, Pericles ya había echado a su esposa de su lecho y de su casa y vivía con Aspasia. Y por defender los derechos del hijo que con ella tuvo, había violado una ley que él mismo había dictado. Por escuchar a Aspasia, Sócrates interrumpía sus clases. Anaxágoras citaba sus opiniones. "¿Qué arte o poder tenía esta mujer para dominar a los políticos más eminentes y para inspirar a los filósofos?- se preguntó Plutarco."-

(y dime, Galeano, ¿qué fue de la otra esposa?)

8 de septiembre de 2016

La gitana y el loco



Me dedicaba unos versos que nos representaban como a la gitana y el loco, donde uno creaba silencio y el otro escuchaba el silencio con atención.




(Gracias Patti, gracias Robert)

7 de septiembre de 2016

Adiós, corderas.




A la funcionaria 
-sin nombre, sin número-
que habita la Administración de la Facultad de Derecho.

Su cuerpo habita el cubículo, pero sus manos están en esas playas. Qué dulce el crepitar de los mortales quemándose en largas colas que agonizan, y qué amarga la bilis que provoca el bizcocho y el café helado, descansando en la mesita. Y mira como rumian esos cuerpos celestes. Un sello aquí, un click allá. Y vuelva usted mañana, que le falta el expediente, la copia de la copia, el beso en la mejilla, el abrazo que no cala.
La causa parece archivada, pero el ordenador me da error. No. Usted no está en el historial. Usted no existe para el programa. ¿Derecho Laboral, dice? Aquí no sale nada. No sé, no contesto. ¿Qué deseas, qué quieres de mi, qué puedo hacer para librarme de esta condena, de la oposición que abrió mi cabeza como mar Rojo y chutó para marcar gol en lejana portería con mis neuronas como balón? Soy vizca. Pero mírame a los ojos. Mírame aquí, como maruja erguida sobre cuatro pestañas, clamando mi descendencia de la duquesa Esteban y Valiente. Como el nombre de la calle.
Era Tomás, no Esteban. 
Se lo digo, y se sonroja. Eso, eso, exhala. Pero no muere. Apenas un segundo más tarde me mira con ojos de ternera en salsa. ¡Aquí estás! Tu matrícula está anulada. Le dije que no quería anulaciones, que quiero la devolución de la tasa, contraprestación, euro que rascáis como buscando petróleo en Canarias. Con los dientes Repsol raspó la corteza. ¿No lo sabía no? Y la pestaña le tiembla.
Funcionaria del Estado. Rígida rubia de bote y pelo corto a mechas. Rugido de la estulticia hecha carne. Adiós, amor. Termino. Me voy de ti. Me voy sin ganas y con miedo atroz. Dios te guarde bien el calor de la silla.

PD: Perdonad, bichos bonitos. Había olvidado la contraseña. Os quiere y os admira. P.





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