El peso y la ligereza






El hombre es un animal de cercanías y las mías son los libros. Los libros no sólo hacen hogar, sino que hablan, comentan, me dicen cosas. Por eso me encanta husmear, hojear -y ojear- los libros que habitan en las casas que visito por primera vez. No hay mayor placer que juzgar al prójimo por las portadas de sus libros -ora las chillonas de Anagrama, ora las sobrias de Cátedra- y hacer preguntas envenenadas sobre alguno de esos libros que parece o bien demasiado nuevo o bien demasiado intelectual. Ver a esos seres apilados -tapa con tapa, lomo con lomo-  me hace cuestionarme, ¿por qué no esconde ese Código Da Vinci? ¿Por qué enseña ese libro de Punset sobre el amor? A veces siento la tentación de coger esos libros ajenos, secuestrarlos, retenerlos en contra de su voluntad, taparles la boca con celofán -especialmente a ese de "El poder del Ahora"- y esconderlos debajo del fregadero más cercano. Todo para que, años después, ese amigo salvado de la mediocridad me diga que no lo encuentra y que se lo ha vuelto a comprar. Supongo que los libros generan apegos. Lo sé yo que los subrayo, los pinto y los doblo, pero no los presto nunca porque me aterra perderlos. Son seres maltratados, víctimas de una parte de mí que pocos conocen: la destrozadora de libros, la secuestradora, la Síndrome de Librógenes más peligrosa y jamás buscada.

Mis libros, míos, de mí.

Por eso, por los apegos, nadie entendió la razón por la que apilé dos cajas enteras de libros y colgué la imagen de cada uno de ellos en Wallapop. En menos de seis meses reuní casi trescientos euros. Adiós apegos. Libre, más libre que el viento. Adiós a esos libros marchitos, amontonados, apilados, ya leídos. Adiós a Rosa Montero en ese libro donde decía que el único escritor mejor que ella era Nabokov -y yo que pensaba que la soberbia era sólo cosa de los Medici, veo que a los Montero no les falta-, adiós a mi diccionario de latín, a mi Código de Comercio, a toda la colección de libros fantásticos de mi adolescencia, a mis libros de inglés -pintados, subrayados, tachados, malheridos. Adiós. Adiós. Adiós. Volad con otros dueños, déspotas que os creerán suyos, y dejadme en paz.

Nadie lo entendió. Ni siquiera mi casa, a la que también imagino con vida, y que los lloró de una forma incomprensible. Si os soy sincera, creía que ganaría espacio con tanta venta y tanto desahucio literario. Pero ella, la casa, fue cubriendo esos espacios vacíos con otras cosas. Tampoco lo entendieron mis amigos que empezaron a preocuparse un poco. "Ya he vendido otro", les decía, "ese de Javier Marías". "¡Pero si te encanta Marías! ¡pero si eres súper fan!". No lo quiero, no quiero apegos, no quiero nada. Adiós, adiós, adiós. Volad con otros dueños. Y otra vez las pesadillas. Libros con forma de casa, libros-fregadero, libros mediocres escritos por una tal Rosa Nabokov. Y entonces, un día, aquel canto de sirena, aquella locura de pesos y ligerezas, acabó con una frase en una cafetería. Le dije a Inés, mi interlocutora en aquel instante, "¿sabes qué me gritó ese capullo? Que sólo le hablaba de libros". Y me di cuenta. No estaba renunciando a mis libros, sino a mí, mía de mi.

Así que, sí, me he desinstalado Wallapop.

He vuelto, y casi es Navidad.
Os echo de menos.
Pat


Comentarios

  1. Libros! Hace ya bastantes años que empecé a cuestionarme la cantidad de libros que tenía... Y que releía una y otra vez algunos de ellos. Me di cuenta que representaban una "distracción" motivada por el "vicio" de leer. Así que un buen día, no, tirarlos estaba claro que no, dejarlos por las esquinas o los bancos del parque, tampoco, hice dos lotes. El primero entregar a la librería que me los había servido, los presentables y vendibles como nuevos. Y el resto, a un amigo que devoraba todo lo que caía en sus manos. Bolsas y bolsas. Me quedé con unos treinta...

    Mi casa no sé inmutó por la marcha de tanto papel, "inservible ya". Y yo tampoco.

    Lo del capullo, puede que fuese cierto. ¡Y Definitivo!

    Bienvenida Pat.

    Abrazos.

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  2. Tampoco los presto, aunque en casa han prestado libros míos sin mi consentimiento (ni siquiera conocimiento), y no han vuelto. Siempre he sentido devoción por ellos, los compraba compulsivamente (ya no, aunque afortunadamente me los siguen regalando) y confieso que hay no pocos esperando aún que los lea. Coincidieron con mi crisis como lectora, y me acompañan con su paciencia. Dicen que es bueno liberarse de los apegos, sobre todo por lo material... ¿Qué quieres que te diga? No estoy tan convencida. Mis apegos también constituyen quien soy.

    Hablando de leer (jaja), qué bueno leerte de nuevo. No tardes tanto, porfa

    Un abrazo enorme, Pat

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    Respuestas
    1. Feliz año nuevo, Pat!!

      Que 2020 traiga consigo lo que necesites para cumplir tus sueños.
      Y para nosotros, que traiga más textos tuyos

      Un abrazo enorme

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