Una hechicera y un acólito inesperado
Le llamábamos Millones porque su padre se había hecho rico en algún turbio negocio relacionado con el transporte de quién-sabía-qué. Le conocimos uno de esos veranos largos en los que la mayoría de nosotros aún estaba en el colegio. Destinados a esperar el interminable transcurrir del verano en aquel pueblo costero, una nueva adhesión al grupo era todo un acontecimiento. Recuerdo que lo trajo Javi (que era-es-será mi gran amor frustrado de verano). "Le conozco de Torrejón", dijo. Y esa fue toda su presentación. Pronto descubrimos que Millones contestaba con monosílabos y se reía de todo lo que decía Javi, por lo que su condición en nuestra pandilla -cuadrilla, para los norteños del grupo- era de vasallo más que de líder. Fumaba mucho para poder dormir por las noches y porque "esto no es tan malo como el tabaco, niña". Javi nos contó que Millones tenía una abuela bruja, un millón de euros en el banco y un hermano pequeño. Poco tiempo después supimos que lo...