Supongo que no hay nada más habitual que sentirse traicionado por un amigo. Y digo habitual, porque quien no lo haya sufrido en sus propias carnes, nació viejo ya.
Cuando apenas contaba con la tierna edad de los quince, disfrutaba de la amistad de seis niñas que, cual víboras malnacidas, disfrutaban poniendo verde hasta al apuntador.
Comprendo su afán crítico hoy.
Han pasado demasiados años y, si alguna leyese estas líneas, sonreiría con la impunidad de un recuerdo que ya no significa nada.
Los colegios de monjas son los peores. Quizá porque, aunque vuelvo y veo las paredes de un hogar antiguo, todavía puedo vislumbrar las cicatrices que recorren sus muros, y las grietas que asoman en el patio donde besaron a mi primer amor.
Por eso, cuando paso- ataviada con abrigo y bolso, zapatos de ante y tacón alto- delante de cualquier colegio, y oigo el griterío del patio, siempre observo los corros de niñas que parlotean.
Os observo, y me pregunto si hoy volvería a confiar en ellas. En mis seis amigas. En aquellas a las que el tiempo pasó por un colador, por una criba.
Todavía encuentro blogs de niñas como ellas. De chicas obsesionadas con las críticas, que se jactan de vivir la vida con quince años. Perdona querida, la vida se vive viviéndola, dando pasitos cada día. Asegurar que las palabras de hasta la más vulgar de todas las putas no te afectan, es confirmar la misma frase de la que reniegas.
No me malinterpretéis, mi objetivo no es moralizar. No pretendo imponer valores a nadie, ni calificar lo incalificable. Pero estoy cansada de ver chicas de veintitantos amargadas por comentarios ajenos, porque nadie les explicó a tiempo que las palabras se las lleva el viento. Que tus amigas de hoy, no serán tus amigas de mañana. Que tú eres quién decide quién eres.
Que las críticas no anulen vuestras decisiones. Es mejor ser un loco, que una oveja que bala detrás de un rebaño. Dejad de poneros la raya en el medio, porque el flequillo ya no se lleve. Dejad de compraros la misma parka, y la misma camisa militar. Dejad de discutir en el metro -bien alto- la diferencia entre follar y hacer el amor.
En definitiva, sed auténticas, aunque no le guste a esas seis. A esas quince. Porque un día alguien puede que se fije en que vosotras no estáis preocupadas de echaros el pelo para atrás con cuidado -para que no se os enganchen los anillos-, que no estáis preocupadas por adquirir esas medias que llevan todas, o en mirar día tras día las redes sociales por si esa se ha echado ya las mechas.
5 comentarios:
Yo también tuve amigas así, por suerte, de todo se aprende.
Y aprender a ser tú mismo y dejar la vida de los demás a un lado es una buena lección sin duda.
Completamente de acuerdo contigo. Creo que la palabra amiga muchas veces se toma a la ligera, en tal caso, son más bien "compañeras de planeta".
Besos de neón
Creo que todos hemos tenido amigas así... Quizás por eso valoro tus palabras y me han hecho sonreír, porque no todo el mundo podría plasmar la realidad de hoy en día tan bien :)
Nueva en tu blog.
Antes que nada, me ha gustado mucho la entrada.
¿Sabes? Estoy viviendo mis dieciséis y verdaderas amigas no tengo, tampoco las necesito. Supongo que se debe a que pienso diferente a muchas chicas de mi edad, y me lo han dicho. A muchas de mis compañeras de instituto les gusta ir a bailar mientras que yo prefiero quedarme en casa y degustar un buen libro.
A estas alturas no me considero mejor ni peor, solo me gustan diferentes cosas y lo que hagan ellas de su vida es, a fin de cuentas, su problema.
Siento mucho que hayan sido crueles alguna vez contigo pero ya eso es pasado, ahora has madurado y eres una excelente escritora capas de transmitir muchas emociones a lectores como yo.
Te sigo y te invito a pasar alguna vez por mi blog (quizás encuentres algo interesante en el o quizás no).
https://www.youtube.com/watch?v=ZGiU1IGmp4Q
Publicar un comentario en la entrada